miércoles, 30 de enero de 2013

Relato: Relatos de terror II

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Estoy muy cansada, ya no se qué hacer…
Llevamos cuatro días en este nido de ratas. Tengo hambre, frio y miedo, no he dormido en dos días y las cosas no parecen ir para mejor.
Estamos escondidos en una pequeña farmacia en el centro de Castro, a más de setenta kilómetros al norte de Quellon. No sé qué suerte habrá tenido esa gente pero ojalá no estén tan cagados como nosotros, si es que queda alguno aún.
 Al parecer la mayoría pasaron a ser sirvientes de la muerte cuando los del punto A pensaron que estarían más seguros en el punto B y los del punto B en el A hasta que se dieron cuenta de que la desgracia empuñaba ambos extremos de la cuerda, y peor aún,  que el ejercito de la muerte los iba cercando con una tenaza de uñas y dientes por ambos extremos. No me sorprende, pasa lo mismo en casi todas las catástrofes, después de todo, ¿Quién podría decir que los muertos se levantarían a la vida con la única razón de averiguar si tu carne era tierna o no?
Al menos tenemos esos multvitamínicos que, aunque no evitan la terrible sensación de hambre le aligeran la carga al cuerpo.
Desearía comer uno de esos panqueques que acostumbraba a cocinar con mi madre.  Oh mi madre. Estos dos días he soñado ese trágico momento, decenas de uñas, dientes y muñones gritando  frenéticamente, extasiados por el miedo de la presa acorralada, miradas iracundas, ojos y dientes rojos, incansables, insaciables. 
Estaban  asediando nuestra casa,  las puertas y ventanas clavadas, mi madre rezando y mi padre buscando por todos lados alguna vía de escape y yo, bueno, yo como una imbécil petrificada en mi propio ensimismamiento, como un trance, no podía dejar de mirar esos ojos y la insistencia que tenían aquellos verdaderos arietes humanos por alcanzar a su presa.
En algún momento cedió una de las ventanas con lo cual entraron dos o tres espectros golpeándose de lleno la cabeza contra el piso, mi madre lanzo un grito de histeria que no hizo más que alentar a la horda que estaba afuera, mi padre vino corriendo desde mi cuarto en el segundo piso.
-          ¡Andrea, Gladys!
-          ¡Por favor Mario has algo por el amor de Dios!
-          Hija, Amor, quiero que vengan al cuarto de Andrea ¡Rápido! – Dijo mientras me tomaba a mí y a mama del brazo y nos tiraba con la fuerza que nunca tuvo hacia el cuarto.
Al llegar Papá nos mostró su improvisado plan de escape, se trataba de unas frágiles tablas que, al parecer, había sacado desarmando el catre de mi cama y que daban al techo del garaje de nuestro vecino.
-          Quiero que me escuchen y que lo hagan muy bien, trataran de llegar al techo del vecino y continuar, con las mismas tablas, a las demás casas ¿Entendieron?
-          ¡¿Pero y tú?!
-          Yo estaré bien Gladys, aquí tengo mi pistola y creo que le quedan algo así como doce balas, yo pasaré último ¿Ok?
-          Está bien, pero Andrea tu primero
Al cruzar por las tablas gateando como un bebe supe que algo iría mal, si esas cosas crujieron con mi peso con mi madre cederían y con mi padre se partirían con solo verlas, sin embargo, soportaron mi peso y pude llegar al garaje.
-          Ahora tú amor
-          No tardaré
-          Apresúrate, que pueden ser torpes pero no tardaran en sincronizar sus movimientos y poder subir la escalera.
-          ¡Mamá! ¡Mamá no cruces por favor!
-          Tranquila Andrea, pronto estaré contigo!
-          ¡Mamá no lo entiendes! ¡Las tablas…
Es ese momento el que sueño cada vez que consigo dormir, el cambio en el semblante de mi madre al darse cuenta de que caería en una turba de muertos vivientes, que clamaría porque los zombis empezaran por el cuello y no por el vientre donde sufriría un dolor agónico e indescriptible, que su carne sería motivo de lucha entre sus cazadores y que quizá en el momento de entrar al ejercito del Cuarto Jinete no quede más de ella que unas hilachas de carne colgando de su tórax, condenada a vivir presa en su propio cuerpo durante toda la eternidad.
-          ¡Gladys!
-          ¡Mamá!
En ese momento todo parecía en cámara lenta. Mi mirada se encontró con la de mi padre quien con lágrimas en los ojos me grito que huyera, que huyera lo mas lejos de allí, que me esconda en algún lugar seguro y que esperara ayuda.
Sabía que mi padre tenía  su pistola, sabía que le quedaban doce balas, sabía que trataría de distraerlos y sabía también que si no me movía de allí yo sería la siguiente. Corrí, corrí lo más que dieron mis piernas, corrí hasta creer que me sangraba la garganta, que vomitaría sangre y que las uñas de mis pies saltarían como balas.

Creo que el hecho de que este cincuenta y ocho horas sin dormir, que no me queden lágrimas  y no que no pueda articular palabra me ayudan a pensar con mas parsimonia el hecho de que no escuché doce balas, sino una sola… 

3 comentarios:

  1. Hasta ahora lo leo pero esta muy bueno

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  2. Esta bien. Pero ¿Y la continuacion?

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  3. Muy buen relato. hablando de letras consagradas a los zombies, me permito dejar una recomendación: El autor Álvaro Vanegas, un bogotano, hace poco publicó su libro con esta temática, el nombre del libro es "Virus"; para quien quiera indagar más sobre el asunto dejo esta información: http://elmuro.net.co/virus-por-alvaro-vanegas/

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