miércoles, 14 de noviembre de 2012

Guía de supervivencia TWD + Cómic #104

La entrada de hoy está dedicada a una guía con todos los personajes de los que se ha hablado o han salido en el cómic de The Walking Dead hasta el ejemplar número #90 si no me equivoco. No os recomiendo que la leáis si no habéis leído o tenéis pensado leer el cómic ya que está llena de spoilers. La guía esta dividida en cuatro ejemplares que los podéis descargar aquí:

Guía de Sobrevivientes #1: https://www.rapidshare.com/files/3020088917/TWDGS001.zip 
Guía de Sobrevivientes #2: https://www.rapidshare.com/files/569388546/TWDGS002.zip 
Guía de Sobrevivientes #3: https://www.rapidshare.com/files/1990221306/TWDGS003.zip 
Guía de Sobrevivientes #4: https://www.rapidshare.com/files/1093147917/TWDGS004.zip 


Básicamente explica todo lo que siempre quisiste saber sobre el elenco del comic The Walking Dead. Las Guías de Sobrevivientes son una lista práctica de todos los personajes que han aparecido en la historieta hasta el momento, ¡vivo o muerto! 

Además hoy también debería salir el ejemplar número #104. Aquí os dejo una posible portada. Después de lo que ha pasado en números anteriores, no puedo esperar!



Saludos y espero que os guste!!!

martes, 6 de noviembre de 2012

Crónica de Resident Evil: Venganza

He encontrado esta crítica por internet de la película. Me ha gustado por que hace algunas reflexiones muy interesantes sobre la saga. Aquí os dejo el link.

http://www.blogdecine.com/criticas/resident-evil-venganza-rutina-zombie

Espero que os guste!!!

sábado, 27 de octubre de 2012

Crónica del capítulo 3x1 y 3x2 de TWD

Como todos sabréis el 14 de este mes (octubre) se estrenó el tan esperado capítulo de The Walking Dead. Desde este blog teníamos una cuenta atrás. La verdad es que en este capítulo la serie ha sido un poco fiel al cómic aunque se han saltado una parte dura (el invierno). Y el 21 de Octubre se estrenó el dos. Y mañana domingo 28 se emitirá el capítulo 3.

La verdad es que yo personalmente me esperaba un "truño" después de la segunda temporada y me ha dejado impresionado. Hay zombies y acción. Por supuesto aparece nuestra espera Michonne junto con Andrea. Y a Carl le dejan "jugar" con armas. Y un último detalle: se ha cambiado el inicio de la serie.

La verdad es que podría hacer un resumen super guay y lleno de spoilers pero prefiero que veáis vosotr@s mismos la serie y la juzguéis según vuestro gusto. Desde CZ nos gusta me gusta pero por lo que se ve por internet a no todo el mundo le gusta la serie...

Pero para que os hagáis una pequeña idea aquí os dejo dos sinopsis muy pequeñas:
Capítulo 1: Con un mundo cada vez más peligroso, y estando Lori en avanzado estado de embarazo, Rick descubre un posible lugar a salvo de todo peligro. Pero primero ha de asegurar el perímetro y las instalaciones, llevando a su grupo a situaciones límite.

Capítulo 2: Después de un evento traumático, la vida de un miembro del grupo pende de un hilo. Por si fuera poco, el grupo también debe hacer frente a una nueva amenaza potencial que merodea por la zona.

Y un poco "en exclusiva" un pequeño resumen del tercer episodio: Después de presenciar un accidente, Andrea y Michonne conocen a una nueva comunidad de supervivientes. Pronto entrarán en conflicto con ellos y tendrán que tomar decisiones importantes.

Y por último el tráiler de la tercera temporada. 


Esperamos que os guste!!!

martes, 23 de octubre de 2012

PRIMER clasificado del concurso de relatos Zombie


"SIN MAYORES"
POR DANIEL GUZMÁN ÁLVAREZ



El Niño disfrazado de cowboy estaba inclinado sobre el cadáver de la dependienta del supermercado y lo miraba con una imperturbable expresión de seriedad. Él no lo sabía pero era la misma expresión que ponía cuando miraba a las hormigas a través de una lupa y movía el vidrio para que la luz incinerase a los insectos, sin saber a ciencia cierta si lo que hacía estaba mal o no, si debía disfrutar o sentirse avergonzado.

Total, la había matado.

Otra vez.

Asomada por encima de su hombro estaba la Niña, disfrazada de princesa, con una vaporosa y larga falda rosa chicle y una diadema plateada que le recogía el cabello. También miraba al cadáver con curiosidad y cierto resquemor. Sus sucios bucles dorados le caían a ambos lados del rubicundo rostro, mientras sus labios se abrían y fruncían intentando encontrar las palabras.

- Por favor –dijo ella con voz asustada.- Por favor, hazlo.

- Está muerta –respondió él con desgana.
El Niño lo sabía. Cuando les daba en la cabeza se morían. Pasaba en las pelis y pasaba ahora. Para que luego dijera su madre que lo de las pelis era mentira. Por eso ella estaba muerta y ellos no.

- Ya, pero… Hazlo… para que me quede tranqui. Porfaaaa. Porfa. Porfa. Porfa.

El Niño lanzó un apagado suspiro, se puso de pie y alzó el revolver que tenía en la mano derecha. Siempre acababa haciéndola caso. Siempre. Era un blando. Sabía que era peligroso, que no debía ser un flojucho, y menos aún cuando había zombis por todas partes que te podían comer vivo, o morderte y convertirte en uno de ellos.

Pero ella le gustaba, y era incapaz de decirle que no a nada. Por eso la protegía. Por eso cuando todo el mundo se volvió loco en el colegio, y en la calle comenzaron a oírse gritos, y disparos, y explosiones, y sonidos de cristales rompiéndose, y la gente corría por todas partes, les olvidaron, se olvidaron de ellos, les olvidaron porque era de flojuchos cargar con niños pequeños y lloricas. Entonces el Niño cogió de la mano a la Niña, muy fuerte, y la abrazó, y le dijo al oído: Ven conmigo, estaremos mejor sin mayores.

Y desde entonces habían estado juntos.

La pistola era un calibre 38 de cañón corto, aunque eso el niño no lo sabía, y le daba igual. Era un arma corta para cualquier adulto, pero en las manos del Niño, aún a pesar del disfraz de cowboy, parecía monstruosa y antinatural. Salvo, quizá en EEUU.

Sostuvo la pistola con ambas manos, cerró el ojo izquierdo, se mordió una lengua y apuntó a la cabeza de la dependienta, donde el agujero de bala del anterior disparo aún humeaba.

Apretó el gatillo.

¡PUM!

La detonación fue ensordecedora. Vibrante. Siempre lo era con tanto silencio. Ese pesado silencio que inundaba la ciudad entera. El arma saltó hacia arriba a causa del retroceso, pero el Niño la controló. Cada vez era más fácil. Cada vez lo hacía mejor. La tapa de los sesos de la dependienta explotó por encima de la ceja derecha. Los sesos grises se mezclaron con la sangre negra y coagulada.

Tanto el Niño como la Niña arrugaron el rostro con cara de asco.

- Yeeeeks –dijo ella.

- Sí –concordó él.- Vámonos, anda –dijo secamente.

El ruido los atraería, pero como eran lentos y torpes tardarían bastante en llegar. Pero llegarían. Y serían muchos. Los había visto a veces, por las rendijas de las persianas de la Casa. Cabezas y cabezas de muertos que iban por las calles… un ejército. Y entonces no había silencio, había mucho, mucho ruido. Debían estar lejos para cuando eso pasara.

A ser posible en Casa.

Salieron del viejo supermercado empujando un renqueante carrito de la compra lleno de cajas de cereales, latas de refresco, bolsas de patatas fritas, latas de raviolis con tomate y mucha carne envasada al vacío. Más que supermercado era una especie de tienda de ultramarinos muy grande, un largo y oscuro pasillo con estanterías altas a los lados. Muchas latas, muchas cajas de galletas y cereales, muchas botellas de aceite y licor.

Y lo mejor de todo, un oscuro y profundo almacén lleno de más comida, al que se llegaba por una trampilla que había debajo de una alfombrilla detrás del mostrador.

Una de las ruedas del carrito estaba mal atornillada y se bamboleaba como una loca. El sonido era irritante y en opinión de la Niña, estruendoso. Le asustaba que el ruido les atrajera. Pero estaban cerca de la Casa, y esta era segura, y el Niño decía que el carrito era necesario porque llevaban mucha comida y eran muy pequeños para cargarla en bolsas, habrían necesitado varios viajes y lo mejor era hacer uno cada muchas semanas.

- ¿Quieres que te lea algo cuando lleguemos a casa? –preguntó risueña ella.

No había tele, ni videojuegos, ni dibujos animados, ni luz eléctrica, ni microondas, ni dvd o blue-ray… pero sí había libros. Muchos. Y revistas, y tebeos, y libros de cuentos… al Niño no le gustaba leer, los comics sí, de vez en cuando, y los cuentos con muchos dibujos, pero el resto le cansaban y se aburría rápidamente… pero si le gustaba, y mucho, que ella se los leyera. Cerraba los ojos y se dejaba guiar por su dulce voz a los reinos ficticios y las maravillosas historias que ella le contaba.

- ¿La Princesa Prometida, por ejemplo?

Era como cuando su mamá le contaba cuentos cuando era pequeño.

- Claro –le miró sonriente.- Lo que tú quieras –y le guiñó un ojo con cierta picardía, torpe e infantil, pero que hizo que el Niño se pusiera colorado como un tomate.

También le gustaban los besos. Habían visto películas, antes de que los zombis comenzaran a comerse a toda la gente, y sabía que si un chico y una chica se querían tenían que darse besos. Y también hacer el amor, pero cuando lo habían intentado, estando los dos desnudos, a oscuras, bajo casi doce mantas y sábanas, que cada día olían peor, había sido muy extraño. Incómodo. Repulsivo. Desagradable.

Quizá es que eran muy pequeños para hacer el amor. Pero no para lo de los besos. Eran besos torpes, babosos, húmedos… pero a los dos les gustaba darlos y recibirlos. Un día ella le había metido la lengua entre los labios. Solo la puntita.

- Mi hermana siempre hablaba con sus amigas de los besos con lengua –dijo, como excusándose mientras un bonito rubor la coloreaba las mejillas.

Luego rompió a llorar. La pasaba mucho cuando se acordaba de su hermana. Y de su papá y su mamá. Y de su abuela. Incluso cuando se acordaba de su perrita Luna.

A él no.

Él iba empujando el carrito, sin apenas poder asomarse por encima del mismo, con la culata del revólver asomando por la parte de atrás de la cintura de sus pantalones de cowboy. Ella, sonriente, caminaba a su lado abrazada a un paquete muy grande papel de culo, con un largo velo atado a la diadema bailando a su espalda.

Y apareció.

De repente.

Salió de detrás de un coche, tambaleándose como si estuviera borracho con las manos extendidas hacia ellos. La Niña gritó y dejó caer el gran paquete de papel higiénico. El Niño también gritó, dio tal salto hacia atrás que el sombrero de vaquero se le cayó sobre la nuca, y tras el chillido se maldijo por ser un cobarde.

El hombre estaba vivo. No era un zombie, solo era un señor mayor, de unos cincuenta años o algo así, un adulto de pelo canoso y sucio pegado a la cara por el sudor frío que le bañaba el cuerpo, vestido solo con unos desgastados y sucios pantalones de traje, con el pálido torso al descubierto, la carne de gallina, la prominente barriga colgando sobre el cinturón, los ojos desmesuradamente abiertos, los labios casi tan blancos como la piel y unas grandes ojeras sobre sus marcados pómulos.

- Niños –dijo con un hilo de voz.- Oh, gracias, Díos Mío.

El Niño y la Niña se miraron, y luego le miraron a él. El Adulto se abalanzó sobre ellos con los brazos abiertos y una maniaca sonrisa de felicidad dibujada en el rostro.

- ¡No estoy, solo! –gritaba mientras se acercaba a ellos con pasos lentos.- ¡Gracias, Díos Mío! ¡Gracias, Díos M..!

El Adulto se frenó en seco ante el negro cañón del revolver del 38 que estaba apuntándole a la cara. El Niño al otro lado del arma que sostenía con un pulso particularmente firme le miraba con pavor.

- Largo –dijo con aspereza.

Tenía mucho miedo.

Los adultos eran peligrosos. Los había visto a veces por las rendijas de la persiana de Casa, cuando hacían tanto ruido en la calle que llamaban la atención. Corrían en grupos, disparando al aire, gritando e insultándose los unos a los otros. Algunos se peleaban entre ellos, se disparaban y mataban, o robaban, o les hacían cosas feas a las chicas que se encontraban. Y otros simplemente huían como locos de los muertos vivientes hasta que eran rodeados y se los comían vivos.

El Adulto que tenía en frente parecía de ese último grupo.

- P… Pero…

- He dicho que largo.

La Niña cogió el paquete de papel higiénico con lentitud.

- Será mejor que se vaya –dijo con voz aguda e infantil, mientras lo abrazaba.
- Sois niños –dijo con ternura el Adulto mientras una pareja de lagrimones comenzaba a surcarle el sucio rostro.- Por el amor de Dios, sois dos niños pequeños. Necesitáis que os ayude.

Se acercó a ellos. Los niños dieron un paso atrás, el Niño no dejaba de apuntarle.

- No. Estamos mejor sin mayores. No queremos mayores cerca. Y ahora largo.

- No. No os asustéis –su voz era nerviosa, suplicante y triste.- Soy… soy bueno, solo que… no quiero estar solo. ¿Lo entendéis? He rezado a Dios. ¡Oh sí!, ¡oh, Dios que está en las alturas! y me ha dicho que me enviaría una pareja de preciosos ángeles. Unos hermosos ángeles ¡Como vosotros! ¿Lo entendéis? ¡Oh, Dios, que has cruzado nuestros caminos, que afortunados somos! ¡Aleluya! Sois tan hermosos… Mis niños. Sois tan hermosos. No quiero seguir durmiendo solo. Hace frío. ¿Lo entendéis? Seré bueno con vosotros, como lo fui con los anteriores ¿Lo entendéis? Y os protegeré de los zombis malos, de esos sucios y feos zombis y-y-y-y cuando sea de noche, ¿sí?, ¿Lo entendéis? cuando sea de noche dormiremos juntos, en la misma cama, abrazados ¿Lo entend…?

El eco del disparo resonó por la solitaria ciudad. La ventanilla del lado del copiloto de un coche al fondo de la calle, estalló cuando la bala la atravesó. El cañón de la 38 humeaba. El Niño había cerrado los ojos cuando disparó, solo un parpadeo por la detonación y la pólvora, y cuando había abierto los ojos de nuevo, el Adulto seguía ahí, de pie, con las manos sobre la cara y caído de rodillas.

- No-no-no-no-no-no –repetía, llorando.- No me mates. No-no-no...

Había fallado.

- Dios no quiere que me mates, por favor, por favor, no me mates...

- ¡Que se vaya! –gritó el Niño con los dientes apretados.

Estaba enfadado y asustado, porque ese señor loco no se iba. No era lo mismo disparar a un vivo que a un muerto. No era como cuando quemabas a las hormigas con la lupa. Las hormigas y los zombis no lloran, ni hablan, ni piden por favor que no les mates, ni se mean en los pantalones del susto.

Ni daban pena.

- ¡Coja la comida! –pidió la Niña.- ¡Cójala y váyase!

El Niño la fulminó con la mirada. Se sintió traicionado. La comida era suya, no de ese loco gordo y meón, que hablaba con Dios y le gustaba abrazar a los niños como si fueran peluches antes de dormir. Pero maldita sea, con tal de que se fuera y les dejase en paz que se llevase toda la comida que quisiera, podían volver al súper a por más.

- ¡Sí, y luego váyase! –cerró el dedo alrededor del gatillo.

El Adulto se estaba palmeando nerviosamente el pecho, y después la cara. Estaba buscando algo, quizá el agujero del disparo de la bala, pero no tenía ninguno.

- ¡No me has dado! –chilló el adulto.- ¡Aleluya! ¡Me ha atravesado! ¡Oh, Señor! ¡Gracias, Señor! ¿Lo entendéis? ¿¡Lo entendéis!? ¡Es una señal! La bala me ha atravesado y no me ha hecho ningún mal porque, Dios nuestro Señor, quiere que estemos juntos, quiere que os proteja, ¡que os ame!

El Niño miró a la Niña de reojo, mientras el Adulto alzaba la cabeza al cielo y seguía alabando a Dios Todopoderoso por salvarle de la bala, por ese milagro. Volvió la vista para ver como empezaban a llegar. Figuras negras entre los cadáveres de los coches. Zombis. Muertos vivientes. Caminando, arrastrando los pies, extendiendo las manos hacia ellos. Aún no les oía gemir, pero en breve los oiría por todas partes.

Entre los disparos, y los gritos del Adulto iban a venir en oleadas, en enjambres, en hordas.... Tantos que lo mejor sería coger la pistola y utilizarla sobre ellos. A veces lo había pensado. Morir como en Romeo y Julieta. Morir juntos y enamorados, en vez de correr desesperados por las calles de la ciudad hasta que se los coman.

O, si se daban prisa, podían correr a Casa y cerrar las puertas antes de que algún zombie les viera. O que les vieran, ¿qué más daba? Las puertas eran pesadas y duras. No iban a romperse por mucho que las golpearan con esas manos frías y podridas. Además los zombis no se comerían la comida del supermercado. No se comían los raviolis con tomate en lata, sino a la gente viva.

A la gente que hacía mucho ruido. A los adultos fofos y gritones que se quedaban quietos, llamando a su Dios.

- ¿Lo entendéis?

- Sí –respondió el Niño y se caló el sombrero de cowboy con una mano. Alzó el revolver con la otra.

El primer disparo le impactó por encima de la rodilla, en su sucio pantalón de traje y le arrancó un áspero grito, que más que dolor fue de sorpresa.

El segundo le alcanzó en el blanco vientre.

La Niña gritó, pero el Niño no. Al contrario, dio un paso sin dejar de apuntar al Adulto y miró fijamente cómo se retorcía en el suelo, mientras un flujo carmesí se le escurría al Adulto entre los dedos.

- ¿Por qué? ¿¡Por qué!? ¡Oh, Dios mío! ¡Por qué! –gimoteaba el Adulto.

El Niño no tenía una respuesta. Quizá Dios tampoco. Quizá Dios no estaba allí, o nunca había estado. O quizá les estaba mirando como él miraba a las hormigas a través de la lupa o como él miraba ahora mismo al Adulto.

- Te dije que no queríamos mayores –sentenció.

Alzó la vista y miró a los zombis. Ya no eran figuras oscuras que aparecían entre los coches y se aproximaban sigilosamente hacia ellos. Eran un ejército que marchaba lentamente, con deformados rostros grises, fauces abiertas, cuerpos putrefactos, descompuestos y su lamento que se dejaba escuchar por toda la ciudad muerta.

Tomó a la Niña de la muñeca.

- Vámonos –dijo con sequedad y tiró de ella.

La Niña no le quitaba la vista de encima al Adulto que comenzó a arrastrarse tras ellos, suplicando ayuda, pidiendo clemencia, que no le dejaran allí tirado, solo, abandonado. Pidiendo amor.

Ella, como siempre desde que todo había comenzado, se dejó llevar por él. Estaba aturdida a causa de la tensión, aterrada por la cantidad de muertos que aparecían de todas partes. Corrieron de la mano, torcieron por una esquina y los vieron caminando hombro con hombro al fondo de la calle, con esos ojos turbios y hambrientos fijos en ellos. El Niño la llevó a rastras hasta el portal de la Casa, sacó las llaves del bolsillo del pantalón vaquero y abrió con prisas la gran puerta de la entrada. En un pestañeo estaban dentro de la casa. Sin la comida, sin el carrito, asustados y con ganas de llorar.

El Niño cerró con llave la puerta, la tomó del antebrazo mientras subían las escaleras hasta llegar a la casa que fue de la abuela de la Niña. Parecía que había sido hace una eternidad cuando su abuela la hacía recitar sus oraciones en el pequeño salón.

Cuando cerraron la puerta de la casa y echaron el cerrojo se sintieron a salvo, a salvo en esa vieja y oscura casa, lejos de los zombis y de los adultos. Solos ellos, los dos, en medio de un silencioso mar de cemento, metal, cristal y cadáveres.

Y de repente le oyó. Le oyó chillar. Escuchó cómo se lo comían. El Niño corrió hacia la ventana y miró entre las rendijas de la persiana. La Niña le vio, era como cuando miraba a la dependienta del supermercado. O a otros zombis a los que habían matado.

La Niña tuvo una arcada, le dio tiempo a taparse la boca con la mano y contuvo al vómito que se abría paso por su garganta. El Niño le dirigió una fría mirada y negó con la cabeza, como diciendo: estas chicas que no aguantan nada.

- Eso no es lo que quería Dios –consiguió decir la Niña mientras el Adulto seguía desgañitándose.

Además de los gritos se había empezado a oír los sonidos de los zombis alimentándose.

- ¿Y cómo lo sabes? –preguntó él, sin perderse el espectáculo.

- Mi abuela. Mi abuela me decía que Dios era bueno, que Dios nos quería –la Niña había empezado a llorar y ni si quiera se había dado cuenta.- A Dios no le gusta que le disparemos a la gente y que nos hagamos daño. Jesús, su hijo, dijo que nos debíamos amar los unos a los otros.

El Adulto seguía gritando, pero los gruñidos de los zombis mientras se lo comían se oían por todas partes.

- Eso era antes. Antes cuando eran los mayores los que mandaban. Ahora ya no. Estamos sin mayores, Eva. Y no los necesitamos.

Eva, la niña, dio un triste suspiro. Se acercó a la ventana, se puso al lado del Niño y apoyó la cabeza sobre su hombro, con delicadeza.

- Lo se, Adán –dijo ella con dulzura, y pasó su mano alrededor de la cintura del chico.

Había muchos zombis en la calle, pero se estaban disgregando poco a poco. El festín había terminado, del Adulto sólo quedaba una mancha roja en la acera.

domingo, 21 de octubre de 2012

Segundo clasificado del concurso de relatos Zombie


"IMPRESCINDIBLE ETIQUETA"
POR DANIEL GUTIÉRREZ


El Blood Meet, se encontraba en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad. Era un nuevo concepto de cocina que estaba arrasando en todas partes del mundo, y era prácticamente imposible conseguir mesa, a no ser que fueras alguien influyente.
Samuel lo consiguió. Después de decenas de llamadas, de recomendaciones, y de algún que otro regalo a la persona adecuada, logró reservar una mesa para él, su novia, y su mejor amigo. Los dos le felicitaron cuando se enteraron de la excelente noticia.
Ahora se encontraban de pie, en la acera, esperando pacientemente en la inmensa cola de zombis que salía desde el interior del local, y que daba la vuelta a la manzana en una aberrante procesión de lamentos, llagas, y pústulas.
–No te imaginas las ganas que tengo de comer ahí –dijo su novia mirando el restaurante mientras se relamía intentado refrenar un ataque de ira.
Un reguero de babas escapó por la comisura de sus labios, mezclado con un amarillento liquido maloliente. Samuel se acercó a ella, y pasó su lengua por el chorro de saliva y pus. Lo tragó con placer, para después besarla en sus inflamados y morados labios.
–Enseguida entramos, no te pongas nerviosa. Yo también tengo ganas. Empiezo a estar cansado de perseguirles. Prefiero que me los pongan en el plato –musitó Samuel con melancolía.
–Si tienes hambre yo he traído un aperitivo. Intuía que la espera iba a ser larga.
El que habló fue Marcos, un buen amigo de Samuel desde hacía años. De hecho era su mejor amigo. Habían muerto juntos en un accidente de moto. Ambos salieron despedidos de la Ducati de Samuel para empotrarse contra uno de los guardaraíles de la carretera. Murieron en el acto por diversos traumatismos. Desde aquel entonces, cuando se volvieron a levantar del suelo sin comprender lo que pasaba, no se habían separado.
–¿Qué es? –preguntó Susana.
Marcos, sacó de uno de los bolsillos interiores de su americana un intestino enrollado cubierto de pelusas y suciedad. Cientos de insectos trabajan en los pliegues de las entrañas, atareados en transportar pedazos microscópicos de carne.
–¿Pretendes qué me coma eso? –dijo ella entre divertida y asqueada.
–Como si no hubieras comido cosas peores... –dijo él arrancando un trozo de tripas con los dientes.
La fila de muertos vivientes avanzaba a paso lento por la calle. Cada pocos minutos, una furgoneta oxidada, paraba en la puerta del restaurante para dejar mercancía. Hombres, mujeres, ancianos y niños eran transportados metidos en grandes sacos desde el vehículo hasta las cocinas del restaurante, entre gritos, sollozos y lamentos.
–No sé porque se quejan tanto –espetó Samuel mientras se arrancaba un jirón enorme de piel de su brazo derecho–. ¿Quieres?
Susana se comió lentamente el trozo de carne podrida que le tendió su novio.
–Supongo que aún no han asimilado su condición. En el fondo les comprendo –dijo ella.
–Yo también les entiendo... –Samuel miraba como transportaban a otro grupo al interior del local–. ...pero me encantan.
Los tres rompieron en una sonora carcajada. A él le dio tal ataque de tos que apunto estuvo de partirse por la mitad. Una vez recuperada la compostura, se recolocó la chaqueta y la corbata, que ya estaban repletas de sangre y pus debido al continuo goteo de su boca.
Avanzaron unos metros más en silencio. Se encontraban ya debajo del grandioso cartel de neón que coronaba la puerta del Blood Meet. El portero, un hombre de color de al menos dos metros, miraba sin pausa el libro de reservas que se encontraba depositado en un pequeño atril. Algunos entraban, otros, los que pretendían colarse sin reserva, eran echados de la fila a golpes y empujones.
Una pequeña reyerta tenía lugar justo por delante de ellos. Dos hombres unidos por el costado y en un visible estado de putrefacción, discutían con el gorila de la puerta.
Marcos se puso de puntillas para ver que sucedía.
–Vaya –dijo realmente intrigado–. Es la primera vez que veo siameses.
Susana le miró sonriendo.
–Quiero decir... había visto fotos, y por la televisión... cuando había televisión, ya sabéis. Pero nunca tan cerca. Es fascinante...
Los hombres se fueron dedicando al portero toda clase de improperios. Sus dos cabezas, le insultaban ferozmente bajo la atónita mirada de los demás zombis, que guardaban fila pacíficamente mirando el espectáculo.
Llegó su turno.
–¿Tienen reserva señores? –preguntó el portero mirándoles con su único ojo.
Le faltaba media cara, que supuraba ríos espesos de pus coagulado por su cuello y camisa. El agujero donde tendría que haber estado el otro ojo, era una hendidura infecta repleta de gusanos.
–Sí, Samuel Hernández. Para tres.
Hizo el gesto con los dedos. Uno de ellos, el índice, dejaba asomar el hueso por la punta.
–Perfecto, gracias, pueden pasar –dijo el negro zombi haciéndoles un gesto hacia dentro.
Cuando entraron, se quedaron con la boca abierta durante unos segundos. El local era grandioso. Decenas de mesas se extendían por los cientos de metros cuadrados de extensión del restaurante.
Era de forma rectangular. Tres de las paredes se hallaban recubiertas de jaulas con humanos dentro. Samuel miraba a toda aquella gente gritando dentro de sus cárceles. Estaban sucios, algunos muy delgados y desaliñados. Otros, por el contrario, presentaban muy buen aspecto, rollizos y con buen color. Supuso que eran los que acababan de ver entrar en sacos cuando esperaban su turno en la cola. Un rápido calculo le hizo creer que al menos habría trescientas personas allí encerradas.
Miraban horrorizados a los comensales, chillando, llorando, amenazándoles con todo tipo de insultos e improperios. Se arrojaban sobre los barrotes con el objeto de abrir las puertas a base de golpes, pero todo su esfuerzo era en vano. También vio como algunos yacían quietos en el suelo de las jaulas. Quizás resignados a ser entrante o postre, o muertos ya de inanición o por asfixia.
La otra pared del restaurante, la que no estaba cubierta de celdas, dejaba a la vista la cocina. Una enorme cristalera daba fe de cómo los esmerados cocineros preparaban los platos. En ese momento, dos zombis vestidos de blanco con sendos sombreros, despedazaban a un gordo entre gritos de agonía. Uno de los chefs, le arrancó los brazos tras un par de golpes con un afilado cuchillo de carnicero. El otro, un muerto bastante morado e hinchado, despellejaba lentamente las piernas del infeliz, para posteriormente, depositar las tiras de piel en un plato que ya tenia una base de lenguas.
El zombi abotargado cogió el plato con una de sus pútridas manos, y miró una comanda que colgaba de una viga de madera.
–¡Marchando la de piel con lenguas! –gritó para hacerse oír por encima del barullo reinante.
Un camarero fue hasta él para recoger el plato. Lo llevó veloz hasta una de las mesas, donde un solitario muerto comenzó a degustar el plato con sumo placer.
–Me encanta este sitio –dijo Marcos mirando el ir y venir de camareros por entre las mesas.
Otro camarero les abordó.
–Buenas noches señores. ¿Están atendidos? –dijo amablemente.
–No, aún no –dijo Susana mostrando los dientes–. Tres. Tenemos reservada la mesa “especial” –apuntó resaltando la palabra.
–¿La especial? –el camarero abrió mucho los ojos que ya se asemejaban a dos pasas por el efecto de la putrefacción–. Eso si que es suerte amigos. Deben tener contactos importantes.
Samuel vio como su novia le miraba con adulación, a lo que él respondió con su mejor sonrisa y guiñándole un ojo.
El camarero les hizo un gesto para que le siguieran. Fueron esquivando sillas y mesas hasta la suya. Esta se encontraba en un rincón al fondo del restaurante. Un impoluto y blanco mantel la cubría hasta el suelo, tapando unos finos y duros barrotes que salían desde la superficie de madera hasta el entarimado, formando así una pequeña celda-mesa. Un agujero se situaba justo en el centro.
–Enseguida les traigo la carta. ¿Quién beber algo mientras tanto?
–Una jarra grande de jugo cerebral. Con mucho hielo –pidió Marcos.
El camarero se fue raudo por entre las mesas esquivando a otro que se disponía a servir una ensalada de pezones en la mesa de al lado. Volvió a los pocos segundos con tres cartas que distribuyó entre ellos.
–Cuando sepan que quieren háganme una seña. Supongo que si han pedido esta mesa es porque quieren el plato especial de la casa –dijo el muerto sacando una libreta llena de sangre de uno de sus bolsillos.
–Por supuesto –contestó Samuel–. Lo comeremos de segundo. Vamos a mirar los entrantes.
Los tres se miraron y abrieron las cartas acompasados. Miraban el exquisito menú con adoración. Platos que jamás se habían imaginado se sucedían uno tras otro en una orgía de placer que nunca habían visto.
–¡Eh! Mirad este –exclamó Susana entusiasmada–. Revuelto de lóbulos y campanillas... Creo que lo voy a pedir. No recuerdo la última vez que comí lóbulos, y desde luego no fue sentada en una mesa con un mantel reluciente.
Samuel se rió por el comentario de su novia. Se acercó lentamente y le dio un beso en los labios. Un hilo de sangre coagulada quedó colgado de su labio inferior. Ambos rieron ante la mirada de Marcos, que alternaba su vista entre ellos y la carta.
–Precioso... –dijo simulando un aburrimiento atroz–. Yo pediré los ojos en salsa de bilis.
Cerró la carta con desdén y la dejó en un lateral de la mesa, encima de la de Susana, que ya había soltado la suya tras decidir su plato.
–¿Y tú Sam? ¿Ya sabes qué quieres? –dijo ella interrogándole con la mirada.
Él pasó atrás y adelante una de las hojas hasta que señaló la primera línea de una de las páginas.
–Sí. Creo que me voy a animar con los pulmones en base de párpados.
Se deshizo de la carta justo cuando el camarero se aproximaba con la jarra de jugo cerebral. La depositó en la mesa con cuidado y tomó nota de los platos. Se fue tan rápido como había llegado.
Samuel llenó los vasos de Susana y Marcos, para posteriormente hacer lo propio con el suyo. Marcos lo levantó en el aire.
–Esto si que es comer amigos, se acabó el andar corriendo por las calles detrás de esos apestosos –dijo señalando una de las jaulas repletas de gente.
–No creo que podamos permitirnos esto todos los días –replicó Susana después de dar un gran trago a su jugo–. El correr por las calles no ha acabado.
–Es cierto –apuntó Samuel–. Además... ¿Cuántos crees que quedan? Llevamos años alimentándonos de ellos, pronto se acabaran...
Un aire de tristeza ensombreció su pútrida cara.
–No nos pongamos sentimentales hoy ¿vale? –dijo Marcos–. Quizás esta cena sea el principio de algo bueno.
Los tres sonrieron y levantaron sus copas al aire.
–Brindo por eso amigo.
Samuel chocó la copa con él y con su novia. Todos bebieron ansiosos hasta dejar los vasos vacíos.
El camarero llegó en ese instante con los primeros platos. Dejó los pulmones delante de Samuel, y el revuelto y los ojos en sus respectivos sitios en la mesa.
–Salud –dijo alejándose de nuevo.
Marcos no tardó en lanzarse a por los ojos. Hundió su cabeza en el plato sorbiendo la salsa ayudándose de las manos para engullir todos los globos oculares uno a uno. Un ansia enfermiza se apoderó de él mientras devoraba la comida.
Susana y Samuel no se quedaron atrás. Se abalanzaron sobre sus platos como animales salvajes. Los fluidos, la sangre, y los restos de piel y carne, resbalaban por sus infectos dientes y labios salpicando la totalidad de la mesa y a los comensales cercanos. A nadie le importaba, pues ellos mismos también eran salpicados por el resto de zombis.
El contenido de los platos desapareció en unos minutos. Ninguno habló durante el festín, solo devoraron, trituraron, y tragaron sus raciones como bestias inmundas. Levantaron la cara y se miraron fijamente.
–Hacía tiempo que no comía algo tan sabroso –dijo Samuel tras hurgarse con el dedo entre dos dientes podridos.
–Sublime –susurró Susana extasiada por la comida.
Embriagados como estaban por la excelencia de lo que acaban de comer, se vieron interrumpidos por unos desgarradores gritos provenientes de la cocina. Dos zombis agarraban a un hombre fuertemente, mientras otro le ataba las manos a la espalda y aseguraba sus tobillos con una brida metálica. Cuando lo tuvieron asegurado, le arrastraron por entre las mesas mediante una soga al cuello que uno de ellos ató con dureza.
–Creo que viene nuestro especial de la casa–dijo Samuel con sorna.
–Oh si, ya lo creo. Y tiene buen aspecto, no como esos enclenques enjaulados de las paredes –puntualizó Marcos mirando de nuevo a los presos.
Los putrefactos camareros llegaron hasta ellos. El hombre se retorcía en suelo mientras aullaba a pleno pulmón. Pataleaba y hacia aspavientos con las manos en todas direcciones. Tres trabajadores más tuvieron que acercarse hasta la mesa para ayudarles a meterle dentro. Una vez lo hubieron reducido fue bastante más fácil.
Uno de ellos, sacó de su bolsillo una llave que usó para abrir una pequeña puerta en los bajos de la mesa. Introdujeron al hombre, en posición fetal, y aseguraron con grilletes sus brazos y sus piernas a los barrotes. Después, uno de ellos, metió la mano por la abertura central de la mesa hasta agarrar su cabeza. Le izó tirando fuertemente de la cabellera, hasta que el cuello quedó a ras de la mesa. Sin darle tiempo a reaccionar, le colocaron una suerte de collarín de hierro, inmovilizando así la cabeza al agujero, y manteniendo el cuerpo debajo.
El hombre había parado de gritar, pero ahora, desde su posición y viendo las caras de los tres monstruos que tenia alrededor, comenzó a llorar como un niño al que le hubieran quitado la teta de la boca.
–Espero que sea de su gusto –dijo sofocado el camarero.
Susana miraba la cabeza del hombre con apetito asesino. Esta, completamente rapada, dejaba entrever varias venas de color azulado por toda su superficie.
–Lo es, muchas gracias –contestó reprimiendo las ansias por clavarle los dientes en el cráneo.
–¿Desean herramientas para partirlo? ¿Martillos? ¿Sierras?
Marcos y Samuel se miraron con gesto divertido mientras se colocaban la servilleta en el cuello de la camisa.
–No gracias, creo que usaremos los dientes directamente –resopló el segundo impaciente por empezar.
–Buen provecho –dijo el camarero retirándose.
El hombre les miró aterrado. El collarín del cuello le dejaba muy poco margen de maniobra, pero contorsionándose al máximo, era capaz de ver a los tres comensales.
–No lo hagan por favor –suplicó–. No me coman, yo no he hecho nada... ¡no he hecho nada! No merezco esto... no lo merezco.
Comenzó a llorar de nuevo haciendo que un rió de lágrimas resbalara por su rostro.
–¿Cómo que no lo mereces? –saltó Samuel escupiéndole en mitad de la cara.
El escupitajo, un mejunje de saliva, pus, y sangre, impactó en la frente del infeliz.
–¿A cuantos de nosotros mataste cuando empezó esto? ¡A cuantos! No tenemos la culpa de que se hayan vuelto las tornas.
El hombre dejó de llorar unos instantes y miró a los ojos de Samuel. Quiso ver algo de humanidad en aquella amorfa y sanguinolenta aberración, pero no encontró nada de eso. Sus ojos no tenían vida, eran inertes, como dos piedras blancas demasiado gastadas por la erosión.
–Yo... yo... –balbuceó–. No sé a cuantos maté... Era distinto por dios, era una epidemia, estábamos asustados. Los contagios se contaban por miles, atacaban a la población. ¿Qué íbamos a hacer?
–No sé para que hablas con él –interrumpió Susana–. Sabes lo que son y lo que han hecho con nosotros. Nos aniquilaron por millones al principio, sin contemplaciones. Incluso a los niños. Son ratas.
El preso giró la cabeza todo lo que pudo para mirarla de reojo.
–No teníamos otra opción, esto... sois.... ¡es antinatural! Es una...
Pero no le dio tiempo a decir más. Marcos se abalanzó sobre su lisa y blanca cabeza, y le hincó los dientes en el cráneo. La dentellada fue sublime. Arrancó carne y hueso hasta dejar a la vista el cerebro del reo.
Susana se le unió de inmediato. Sus mordiscos sonaban similares a un constante machacar de nueces. A cada bocado, un agujero aparecía en la cabeza del ya muerto humano. Samuel, que por un momento pareció recapacitar por lo que el hombre estaba diciendo, no pudo contenerse ante la visión de los sesos al descubierto. Estiró la mano, y agarró un pedazo de materia gris que se llevó a la boca después de restregarse la totalidad de la cara con la pegajosa masa.
Entre los tres acabaron con la cabeza en unos minutos. No quedó nada, solo pequeños fragmentos de hueso, los dientes y las mandíbulas. Cuando hubieron separado por completo la cabeza del cuerpo comenzaron a hurgar en el inmenso agujero del cuello. Extrajeron la traquea, músculos y tendones, hasta que el sólido collarín de hierro no les dejó seguir escarbando.
Marcos soltó un atronador eructo, al tiempo que se daba pequeños golpes con el puño en el pecho.
–Esto ha sido colosal –dijo abrumado–. Un cerebro excelente.
–Y tanto –comentó Susana, que aún tenia restos de sesos por la cara, el pelo y las manos.
–Definitivamente... creo que tendremos que repetir –soltó en una fuerte risotada Samuel.
Sus amigos se le unieron, y los tres compartieron una espléndida sobremesa, hablando de tiempos peores cuando aún estaban vivos, y lo tremendamente felices que eran ahora estando muertos.
Disfrutaron de exquisitos postres: soufflé de hígado para Susana, sorbete de jugos gástricos para Samuel, y una exquisita tarta para Marcos, que repitió pidiendo sesos con virutas de uñas.
Pagaron la cuenta, y se marcharon del Blood Meet, no sin antes firmar en el libro de visitas que había en la entrada.
De camino a casa aún tomaron algo más, pero de mala manera y a la carrera, como tenían por costumbre, nada equiparable a los manjares que acababan de degustar en aquel palacio de la comida.
Se despidieron y quedaron para otro día, esta vez para ir a un buffet que acaba de abrir cerca de donde vivía Marcos, pero eso sería otro día.