La entrada de hoy está dedicada a una guía con todos los personajes de los que se ha hablado o han salido en el cómic de The Walking Dead hasta el ejemplar número #90 si no me equivoco. No os recomiendo que la leáis si no habéis leído o tenéis pensado leer el cómic ya que está llena de spoilers. La guía esta dividida en cuatro ejemplares que los podéis descargar aquí:
Guía de Sobrevivientes #1: https://www.rapidshare.com/files/3020088917/TWDGS001.zip
Guía de Sobrevivientes #2: https://www.rapidshare.com/files/569388546/TWDGS002.zip
Guía de Sobrevivientes #3: https://www.rapidshare.com/files/1990221306/TWDGS003.zip
Guía de Sobrevivientes #4: https://www.rapidshare.com/files/1093147917/TWDGS004.zip
Básicamente explica todo lo que siempre quisiste saber sobre el elenco del comic The Walking Dead. Las Guías de Sobrevivientes son una lista práctica de todos los personajes que han aparecido en la historieta hasta el momento, ¡vivo o muerto!
Además hoy también debería salir el ejemplar número #104. Aquí os dejo una posible portada. Después de lo que ha pasado en números anteriores, no puedo esperar!
Saludos y espero que os guste!!!
miércoles, 14 de noviembre de 2012
martes, 6 de noviembre de 2012
Crónica de Resident Evil: Venganza
He encontrado esta crítica por internet de la película. Me ha gustado por que hace algunas reflexiones muy interesantes sobre la saga. Aquí os dejo el link.
http://www.blogdecine.com/criticas/resident-evil-venganza-rutina-zombie
Espero que os guste!!!
http://www.blogdecine.com/criticas/resident-evil-venganza-rutina-zombie
Espero que os guste!!!
sábado, 27 de octubre de 2012
Crónica del capítulo 3x1 y 3x2 de TWD
Como todos sabréis el 14 de este mes (octubre) se estrenó el tan esperado capítulo de The Walking Dead. Desde este blog teníamos una cuenta atrás. La verdad es que en este capítulo la serie ha sido un poco fiel al cómic aunque se han saltado una parte dura (el invierno). Y el 21 de Octubre se estrenó el dos. Y mañana domingo 28 se emitirá el capítulo 3.
La verdad es que yo personalmente me esperaba un "truño" después de la segunda temporada y me ha dejado impresionado. Hay zombies y acción. Por supuesto aparece nuestra espera Michonne junto con Andrea. Y a Carl le dejan "jugar" con armas. Y un último detalle: se ha cambiado el inicio de la serie.
La verdad es que podría hacer un resumen super guay y lleno de spoilers pero prefiero que veáis vosotr@s mismos la serie y la juzguéis según vuestro gusto. Desde CZ nos gusta me gusta pero por lo que se ve por internet a no todo el mundo le gusta la serie...
Pero para que os hagáis una pequeña idea aquí os dejo dos sinopsis muy pequeñas:
Capítulo 1: Con un mundo cada vez más peligroso, y estando Lori en avanzado estado de embarazo, Rick descubre un posible lugar a salvo de todo peligro. Pero primero ha de asegurar el perímetro y las instalaciones, llevando a su grupo a situaciones límite.
Capítulo 2: Después de un evento traumático, la vida de un miembro del grupo pende de un hilo. Por si fuera poco, el grupo también debe hacer frente a una nueva amenaza potencial que merodea por la zona.
Y un poco "en exclusiva" un pequeño resumen del tercer episodio: Después de presenciar un accidente, Andrea y Michonne conocen a una nueva comunidad de supervivientes. Pronto entrarán en conflicto con ellos y tendrán que tomar decisiones importantes.
Y por último el tráiler de la tercera temporada.
Esperamos que os guste!!!
La verdad es que podría hacer un resumen super guay y lleno de spoilers pero prefiero que veáis vosotr@s mismos la serie y la juzguéis según vuestro gusto. Desde CZ nos gusta me gusta pero por lo que se ve por internet a no todo el mundo le gusta la serie...
Pero para que os hagáis una pequeña idea aquí os dejo dos sinopsis muy pequeñas:
Capítulo 1: Con un mundo cada vez más peligroso, y estando Lori en avanzado estado de embarazo, Rick descubre un posible lugar a salvo de todo peligro. Pero primero ha de asegurar el perímetro y las instalaciones, llevando a su grupo a situaciones límite.
Capítulo 2: Después de un evento traumático, la vida de un miembro del grupo pende de un hilo. Por si fuera poco, el grupo también debe hacer frente a una nueva amenaza potencial que merodea por la zona.
Y un poco "en exclusiva" un pequeño resumen del tercer episodio: Después de presenciar un accidente, Andrea y Michonne conocen a una nueva comunidad de supervivientes. Pronto entrarán en conflicto con ellos y tendrán que tomar decisiones importantes.
Y por último el tráiler de la tercera temporada.
Esperamos que os guste!!!
martes, 23 de octubre de 2012
PRIMER clasificado del concurso de relatos Zombie
"SIN
MAYORES"
POR
DANIEL GUZMÁN ÁLVAREZ
El
Niño disfrazado de cowboy estaba inclinado sobre el cadáver de la
dependienta del supermercado y lo miraba con una imperturbable
expresión de seriedad. Él no lo sabía pero era la misma expresión
que ponía cuando miraba a las hormigas a través de una lupa y movía
el vidrio para que la luz incinerase a los insectos, sin saber a
ciencia cierta si lo que hacía estaba mal o no, si debía disfrutar
o sentirse avergonzado.
Total,
la había matado.
Otra
vez.
Asomada
por encima de su hombro estaba la Niña, disfrazada de princesa, con
una vaporosa y larga falda rosa chicle y una diadema plateada que le
recogía el cabello. También miraba al cadáver con curiosidad y
cierto resquemor. Sus sucios bucles dorados le caían a ambos lados
del rubicundo rostro, mientras sus labios se abrían y fruncían
intentando encontrar las palabras.
-
Por favor –dijo ella con voz asustada.- Por favor, hazlo.
-
Está muerta –respondió él con desgana.
El
Niño lo sabía. Cuando les daba en la cabeza se morían. Pasaba en
las pelis y pasaba ahora. Para que luego dijera su madre que lo de
las pelis era mentira. Por eso ella estaba muerta y ellos no.
-
Ya, pero… Hazlo… para que me quede tranqui. Porfaaaa. Porfa.
Porfa. Porfa.
El
Niño lanzó un apagado suspiro, se puso de pie y alzó el revolver
que tenía en la mano derecha. Siempre acababa haciéndola caso.
Siempre. Era un blando. Sabía que era peligroso, que no debía ser
un flojucho, y menos aún cuando había zombis por todas partes que
te podían comer vivo, o morderte y convertirte en uno de ellos.
Pero
ella le gustaba, y era incapaz de decirle que no a nada. Por eso la
protegía. Por eso cuando todo el mundo se volvió loco en el
colegio, y en la calle comenzaron a oírse gritos, y disparos, y
explosiones, y sonidos de cristales rompiéndose, y la gente corría
por todas partes, les olvidaron, se olvidaron de ellos, les olvidaron
porque era de flojuchos cargar con niños pequeños y lloricas.
Entonces el Niño cogió de la mano a la Niña, muy fuerte, y la
abrazó, y le dijo al oído: Ven conmigo, estaremos mejor sin
mayores.
Y
desde entonces habían estado juntos.
La
pistola era un calibre 38 de cañón corto, aunque eso el niño no lo
sabía, y le daba igual. Era un arma corta para cualquier adulto,
pero en las manos del Niño, aún a pesar del disfraz de cowboy,
parecía monstruosa y antinatural. Salvo, quizá en EEUU.
Sostuvo
la pistola con ambas manos, cerró el ojo izquierdo, se mordió una
lengua y apuntó a la cabeza de la dependienta, donde el agujero de
bala del anterior disparo aún humeaba.
Apretó
el gatillo.
¡PUM!
La
detonación fue ensordecedora. Vibrante. Siempre lo era con tanto
silencio. Ese pesado silencio que inundaba la ciudad entera. El arma
saltó hacia arriba a causa del retroceso, pero el Niño la controló.
Cada vez era más fácil. Cada vez lo hacía mejor. La tapa de los
sesos de la dependienta explotó por encima de la ceja derecha. Los
sesos grises se mezclaron con la sangre negra y coagulada.
Tanto
el Niño como la Niña arrugaron el rostro con cara de asco.
-
Yeeeeks –dijo ella.
-
Sí –concordó él.- Vámonos, anda –dijo secamente.
El
ruido los atraería, pero como eran lentos y torpes tardarían
bastante en llegar. Pero llegarían. Y serían muchos. Los había
visto a veces, por las rendijas de las persianas de la Casa. Cabezas
y cabezas de muertos que iban por las calles… un ejército. Y
entonces no había silencio, había mucho, mucho ruido. Debían estar
lejos para cuando eso pasara.
A
ser posible en Casa.
Salieron
del viejo supermercado empujando un renqueante carrito de la compra
lleno de cajas de cereales, latas de refresco, bolsas de patatas
fritas, latas de raviolis con tomate y mucha carne envasada al vacío.
Más que supermercado era una especie de tienda de ultramarinos muy
grande, un largo y oscuro pasillo con estanterías altas a los lados.
Muchas latas, muchas cajas de galletas y cereales, muchas botellas de
aceite y licor.
Y
lo mejor de todo, un oscuro y profundo almacén lleno de más comida,
al que se llegaba por una trampilla que había debajo de una
alfombrilla detrás del mostrador.
Una
de las ruedas del carrito estaba mal atornillada y se bamboleaba como
una loca. El sonido era irritante y en opinión de la Niña,
estruendoso. Le asustaba que el ruido les atrajera. Pero estaban
cerca de la Casa, y esta era segura, y el Niño decía que el carrito
era necesario porque llevaban mucha comida y eran muy pequeños para
cargarla en bolsas, habrían necesitado varios viajes y lo mejor era
hacer uno cada muchas semanas.
-
¿Quieres que te lea algo cuando lleguemos a casa? –preguntó
risueña ella.
No
había tele, ni videojuegos, ni dibujos animados, ni luz eléctrica,
ni microondas, ni dvd o blue-ray… pero sí había libros. Muchos. Y
revistas, y tebeos, y libros de cuentos… al Niño no le gustaba
leer, los comics sí, de vez en cuando, y los cuentos con muchos
dibujos, pero el resto le cansaban y se aburría rápidamente… pero
si le gustaba, y mucho, que ella se los leyera. Cerraba los ojos y se
dejaba guiar por su dulce voz a los reinos ficticios y las
maravillosas historias que ella le contaba.
-
¿La Princesa Prometida, por ejemplo?
Era
como cuando su mamá le contaba cuentos cuando era pequeño.
-
Claro –le miró sonriente.- Lo que tú quieras –y le guiñó un
ojo con cierta picardía, torpe e infantil, pero que hizo que el Niño
se pusiera colorado como un tomate.
También
le gustaban los besos. Habían visto películas, antes de que los
zombis comenzaran a comerse a toda la gente, y sabía que si un chico
y una chica se querían tenían que darse besos. Y también hacer el
amor, pero cuando lo habían intentado, estando los dos desnudos, a
oscuras, bajo casi doce mantas y sábanas, que cada día olían peor,
había sido muy extraño. Incómodo. Repulsivo. Desagradable.
Quizá
es que eran muy pequeños para hacer el amor. Pero no para lo de los
besos. Eran besos torpes, babosos, húmedos… pero a los dos les
gustaba darlos y recibirlos. Un día ella le había metido la lengua
entre los labios. Solo la puntita.
-
Mi hermana siempre hablaba con sus amigas de los besos con lengua
–dijo, como excusándose mientras un bonito rubor la coloreaba las
mejillas.
Luego
rompió a llorar. La pasaba mucho cuando se acordaba de su hermana. Y
de su papá y su mamá. Y de su abuela. Incluso cuando se acordaba de
su perrita Luna.
A
él no.
Él
iba empujando el carrito, sin apenas poder asomarse por encima del
mismo, con la culata del revólver asomando por la parte de atrás de
la cintura de sus pantalones de cowboy. Ella, sonriente, caminaba a
su lado abrazada a un paquete muy grande papel de culo, con un largo
velo atado a la diadema bailando a su espalda.
Y
apareció.
De
repente.
Salió
de detrás de un coche, tambaleándose como si estuviera borracho con
las manos extendidas hacia ellos. La Niña gritó y dejó caer el
gran paquete de papel higiénico. El Niño también gritó, dio tal
salto hacia atrás que el sombrero de vaquero se le cayó sobre la
nuca, y tras el chillido se maldijo por ser un cobarde.
El
hombre estaba vivo. No era un zombie, solo era un señor mayor, de
unos cincuenta años o algo así, un adulto de pelo canoso y sucio
pegado a la cara por el sudor frío que le bañaba el cuerpo, vestido
solo con unos desgastados y sucios pantalones de traje, con el pálido
torso al descubierto, la carne de gallina, la prominente barriga
colgando sobre el cinturón, los ojos desmesuradamente abiertos, los
labios casi tan blancos como la piel y unas grandes ojeras sobre sus
marcados pómulos.
-
Niños –dijo con un hilo de voz.- Oh, gracias, Díos Mío.
El
Niño y la Niña se miraron, y luego le miraron a él. El Adulto se
abalanzó sobre ellos con los brazos abiertos y una maniaca sonrisa
de felicidad dibujada en el rostro.
-
¡No estoy, solo! –gritaba mientras se acercaba a ellos con pasos
lentos.- ¡Gracias, Díos Mío! ¡Gracias, Díos M..!
El
Adulto se frenó en seco ante el negro cañón del revolver del 38
que estaba apuntándole a la cara. El Niño al otro lado del arma que
sostenía con un pulso particularmente firme le miraba con pavor.
-
Largo –dijo con aspereza.
Tenía
mucho miedo.
Los
adultos eran peligrosos. Los había visto a veces por las rendijas de
la persiana de Casa, cuando hacían tanto ruido en la calle que
llamaban la atención. Corrían en grupos, disparando al aire,
gritando e insultándose los unos a los otros. Algunos se peleaban
entre ellos, se disparaban y mataban, o robaban, o les hacían cosas
feas a las chicas que se encontraban. Y otros simplemente huían como
locos de los muertos vivientes hasta que eran rodeados y se los
comían vivos.
El
Adulto que tenía en frente parecía de ese último grupo.
-
P… Pero…
-
He dicho que largo.
La
Niña cogió el paquete de papel higiénico con lentitud.
-
Será mejor que se vaya –dijo con voz aguda e infantil, mientras lo
abrazaba.
-
Sois niños –dijo con ternura el Adulto mientras una pareja de
lagrimones comenzaba a surcarle el sucio rostro.- Por el amor de
Dios, sois dos niños pequeños. Necesitáis que os ayude.
Se
acercó a ellos. Los niños dieron un paso atrás, el Niño no dejaba
de apuntarle.
-
No. Estamos mejor sin mayores. No queremos mayores cerca. Y ahora
largo.
-
No. No os asustéis –su voz era nerviosa, suplicante y triste.-
Soy… soy bueno, solo que… no quiero estar solo. ¿Lo entendéis?
He rezado a Dios. ¡Oh sí!, ¡oh, Dios que está en las alturas! y
me ha dicho que me enviaría una pareja de preciosos ángeles. Unos
hermosos ángeles ¡Como vosotros! ¿Lo entendéis? ¡Oh, Dios, que
has cruzado nuestros caminos, que afortunados somos! ¡Aleluya! Sois
tan hermosos… Mis niños. Sois tan hermosos. No quiero seguir
durmiendo solo. Hace frío. ¿Lo entendéis? Seré bueno con
vosotros, como lo fui con los anteriores ¿Lo entendéis? Y os
protegeré de los zombis malos, de esos sucios y feos zombis y-y-y-y
cuando sea de noche, ¿sí?, ¿Lo entendéis? cuando sea de noche
dormiremos juntos, en la misma cama, abrazados ¿Lo entend…?
El
eco del disparo resonó por la solitaria ciudad. La ventanilla del
lado del copiloto de un coche al fondo de la calle, estalló cuando
la bala la atravesó. El cañón de la 38 humeaba. El Niño había
cerrado los ojos cuando disparó, solo un parpadeo por la detonación
y la pólvora, y cuando había abierto los ojos de nuevo, el Adulto
seguía ahí, de pie, con las manos sobre la cara y caído de
rodillas.
-
No-no-no-no-no-no –repetía, llorando.- No me mates. No-no-no...
Había
fallado.
-
Dios no quiere que me mates, por favor, por favor, no me mates...
-
¡Que se vaya! –gritó el Niño con los dientes apretados.
Estaba
enfadado y asustado, porque ese señor loco no se iba. No era lo
mismo disparar a un vivo que a un muerto. No era como cuando quemabas
a las hormigas con la lupa. Las hormigas y los zombis no lloran, ni
hablan, ni piden por favor que no les mates, ni se mean en los
pantalones del susto.
Ni
daban pena.
-
¡Coja la comida! –pidió la Niña.- ¡Cójala y váyase!
El
Niño la fulminó con la mirada. Se sintió traicionado. La comida
era suya, no de ese loco gordo y meón, que hablaba con Dios y le
gustaba abrazar a los niños como si fueran peluches antes de dormir.
Pero maldita sea, con tal de que se fuera y les dejase en paz que se
llevase toda la comida que quisiera, podían volver al súper a por
más.
-
¡Sí, y luego váyase! –cerró el dedo alrededor del gatillo.
El
Adulto se estaba palmeando nerviosamente el pecho, y después la
cara. Estaba buscando algo, quizá el agujero del disparo de la bala,
pero no tenía ninguno.
-
¡No me has dado! –chilló el adulto.- ¡Aleluya! ¡Me ha
atravesado! ¡Oh, Señor! ¡Gracias, Señor! ¿Lo entendéis? ¿¡Lo
entendéis!? ¡Es una señal! La bala me ha atravesado y no me ha
hecho ningún mal porque, Dios nuestro Señor, quiere que estemos
juntos, quiere que os proteja, ¡que os ame!
El
Niño miró a la Niña de reojo, mientras el Adulto alzaba la cabeza
al cielo y seguía alabando a Dios Todopoderoso por salvarle de la
bala, por ese milagro. Volvió la vista para ver como empezaban a
llegar. Figuras negras entre los cadáveres de los coches. Zombis.
Muertos vivientes. Caminando, arrastrando los pies, extendiendo las
manos hacia ellos. Aún no les oía gemir, pero en breve los oiría
por todas partes.
Entre
los disparos, y los gritos del Adulto iban a venir en oleadas, en
enjambres, en hordas.... Tantos que lo mejor sería coger la pistola
y utilizarla sobre ellos. A veces lo había pensado. Morir como en
Romeo y Julieta. Morir juntos y enamorados, en vez de correr
desesperados por las calles de la ciudad hasta que se los coman.
O,
si se daban prisa, podían correr a Casa y cerrar las puertas antes
de que algún zombie les viera. O que les vieran, ¿qué más daba?
Las puertas eran pesadas y duras. No iban a romperse por mucho que
las golpearan con esas manos frías y podridas. Además los zombis no
se comerían la comida del supermercado. No se comían los raviolis
con tomate en lata, sino a la gente viva.
A
la gente que hacía mucho ruido. A los adultos fofos y gritones que
se quedaban quietos, llamando a su Dios.
-
¿Lo entendéis?
-
Sí –respondió el Niño y se caló el sombrero de cowboy con una
mano. Alzó el revolver con la otra.
El
primer disparo le impactó por encima de la rodilla, en su sucio
pantalón de traje y le arrancó un áspero grito, que más que dolor
fue de sorpresa.
El
segundo le alcanzó en el blanco vientre.
La
Niña gritó, pero el Niño no. Al contrario, dio un paso sin dejar
de apuntar al Adulto y miró fijamente cómo se retorcía en el
suelo, mientras un flujo carmesí se le escurría al Adulto entre los
dedos.
-
¿Por qué? ¿¡Por qué!? ¡Oh, Dios mío! ¡Por qué! –gimoteaba
el Adulto.
El
Niño no tenía una respuesta. Quizá Dios tampoco. Quizá Dios no
estaba allí, o nunca había estado. O quizá les estaba mirando como
él miraba a las hormigas a través de la lupa o como él miraba
ahora mismo al Adulto.
-
Te dije que no queríamos mayores –sentenció.
Alzó
la vista y miró a los zombis. Ya no eran figuras oscuras que
aparecían entre los coches y se aproximaban sigilosamente hacia
ellos. Eran un ejército que marchaba lentamente, con deformados
rostros grises, fauces abiertas, cuerpos putrefactos, descompuestos y
su lamento que se dejaba escuchar por toda la ciudad muerta.
Tomó
a la Niña de la muñeca.
-
Vámonos –dijo con sequedad y tiró de ella.
La
Niña no le quitaba la vista de encima al Adulto que comenzó a
arrastrarse tras ellos, suplicando ayuda, pidiendo clemencia, que no
le dejaran allí tirado, solo, abandonado. Pidiendo amor.
Ella,
como siempre desde que todo había comenzado, se dejó llevar por él.
Estaba aturdida a causa de la tensión, aterrada por la cantidad de
muertos que aparecían de todas partes. Corrieron de la mano,
torcieron por una esquina y los vieron caminando hombro con hombro al
fondo de la calle, con esos ojos turbios y hambrientos fijos en
ellos. El Niño la llevó a rastras hasta el portal de la Casa, sacó
las llaves del bolsillo del pantalón vaquero y abrió con prisas la
gran puerta de la entrada. En un pestañeo estaban dentro de la casa.
Sin la comida, sin el carrito, asustados y con ganas de llorar.
El
Niño cerró con llave la puerta, la tomó del antebrazo mientras
subían las escaleras hasta llegar a la casa que fue de la abuela de
la Niña. Parecía que había sido hace una eternidad cuando su
abuela la hacía recitar sus oraciones en el pequeño salón.
Cuando
cerraron la puerta de la casa y echaron el cerrojo se sintieron a
salvo, a salvo en esa vieja y oscura casa, lejos de los zombis y de
los adultos. Solos ellos, los dos, en medio de un silencioso mar de
cemento, metal, cristal y cadáveres.
Y
de repente le oyó. Le oyó chillar. Escuchó cómo se lo comían. El
Niño corrió hacia la ventana y miró entre las rendijas de la
persiana. La Niña le vio, era como cuando miraba a la dependienta
del supermercado. O a otros zombis a los que habían matado.
La
Niña tuvo una arcada, le dio tiempo a taparse la boca con la mano y
contuvo al vómito que se abría paso por su garganta. El Niño le
dirigió una fría mirada y negó con la cabeza, como diciendo: estas
chicas que no aguantan nada.
-
Eso no es lo que quería Dios –consiguió decir la Niña mientras
el Adulto seguía desgañitándose.
Además
de los gritos se había empezado a oír los sonidos de los zombis
alimentándose.
-
¿Y cómo lo sabes? –preguntó él, sin perderse el espectáculo.
-
Mi abuela. Mi abuela me decía que Dios era bueno, que Dios nos
quería –la Niña había empezado a llorar y ni si quiera se había
dado cuenta.- A Dios no le gusta que le disparemos a la gente y que
nos hagamos daño. Jesús, su hijo, dijo que nos debíamos amar los
unos a los otros.
El
Adulto seguía gritando, pero los gruñidos de los zombis mientras se
lo comían se oían por todas partes.
-
Eso era antes. Antes cuando eran los mayores los que mandaban. Ahora
ya no. Estamos sin mayores, Eva. Y no los necesitamos.
Eva,
la niña, dio un triste suspiro. Se acercó a la ventana, se puso al
lado del Niño y apoyó la cabeza sobre su hombro, con delicadeza.
-
Lo se, Adán –dijo ella con dulzura, y pasó su mano alrededor de
la cintura del chico.
Había
muchos zombis en la calle, pero se estaban disgregando poco a poco.
El festín había terminado, del Adulto sólo quedaba una mancha roja
en la acera.
domingo, 21 de octubre de 2012
Segundo clasificado del concurso de relatos Zombie
"IMPRESCINDIBLE ETIQUETA"
POR DANIEL GUTIÉRREZ
El
Blood Meet, se encontraba en uno de los barrios más exclusivos de la
ciudad. Era un nuevo concepto de cocina que estaba arrasando en todas
partes del mundo, y era prácticamente imposible conseguir mesa, a no
ser que fueras alguien influyente.
Samuel
lo consiguió. Después de decenas de llamadas, de recomendaciones, y
de algún que otro regalo a la persona adecuada, logró reservar una
mesa para él, su novia, y su mejor amigo. Los dos le felicitaron
cuando se enteraron de la excelente noticia.
Ahora
se encontraban de pie, en la acera, esperando pacientemente en la
inmensa cola de zombis que salía desde el interior del local, y que
daba la vuelta a la manzana en una aberrante procesión de lamentos,
llagas, y pústulas.
–No
te imaginas las ganas que tengo de comer ahí –dijo su novia
mirando el restaurante mientras se relamía intentado refrenar un
ataque de ira.
Un
reguero de babas escapó por la comisura de sus labios, mezclado con
un amarillento liquido maloliente. Samuel se acercó a ella, y pasó
su lengua por el chorro de saliva y pus. Lo tragó con placer, para
después besarla en sus inflamados y morados labios.
–Enseguida
entramos, no te pongas nerviosa. Yo también tengo ganas. Empiezo a
estar cansado de perseguirles. Prefiero que me los pongan en el plato
–musitó Samuel con melancolía.
–Si
tienes hambre yo he traído un aperitivo. Intuía que la espera iba a
ser larga.
El
que habló fue Marcos, un buen amigo de Samuel desde hacía años. De
hecho era su mejor amigo. Habían muerto juntos en un accidente de
moto. Ambos salieron despedidos de la Ducati de Samuel para
empotrarse contra uno de los guardaraíles de la carretera. Murieron
en el acto por diversos traumatismos. Desde aquel entonces, cuando se
volvieron a levantar del suelo sin comprender lo que pasaba, no se
habían separado.
–¿Qué
es? –preguntó Susana.
Marcos,
sacó de uno de los bolsillos interiores de su americana un intestino
enrollado cubierto de pelusas y suciedad. Cientos de insectos
trabajan en los pliegues de las entrañas, atareados en transportar
pedazos microscópicos de carne.
–¿Pretendes
qué me coma eso? –dijo ella entre divertida y asqueada.
–Como
si no hubieras comido cosas peores... –dijo él arrancando un trozo
de tripas con los dientes.
La
fila de muertos vivientes avanzaba a paso lento por la calle. Cada
pocos minutos, una furgoneta oxidada, paraba en la puerta del
restaurante para dejar mercancía. Hombres, mujeres, ancianos y niños
eran transportados metidos en grandes sacos desde el vehículo hasta
las cocinas del restaurante, entre gritos, sollozos y lamentos.
–No
sé porque se quejan tanto –espetó Samuel mientras se arrancaba un
jirón enorme de piel de su brazo derecho–. ¿Quieres?
Susana
se comió lentamente el trozo de carne podrida que le tendió su
novio.
–Supongo
que aún no han asimilado su condición. En el fondo les comprendo
–dijo ella.
–Yo
también les entiendo... –Samuel miraba como transportaban a otro
grupo al interior del local–. ...pero me encantan.
Los
tres rompieron en una sonora carcajada. A él le dio tal ataque de
tos que apunto estuvo de partirse por la mitad. Una vez recuperada la
compostura, se recolocó la chaqueta y la corbata, que ya estaban
repletas de sangre y pus debido al continuo goteo de su boca.
Avanzaron
unos metros más en silencio. Se encontraban ya debajo del grandioso
cartel de neón que coronaba la puerta del Blood Meet. El portero, un
hombre de color de al menos dos metros, miraba sin pausa el libro de
reservas que se encontraba depositado en un pequeño atril. Algunos
entraban, otros, los que pretendían colarse sin reserva, eran
echados de la fila a golpes y empujones.
Una
pequeña reyerta tenía lugar justo por delante de ellos. Dos hombres
unidos por el costado y en un visible estado de putrefacción,
discutían con el gorila de la puerta.
Marcos
se puso de puntillas para ver que sucedía.
–Vaya
–dijo realmente intrigado–. Es la primera vez que veo siameses.
Susana
le miró sonriendo.
–Quiero
decir... había visto fotos, y por la televisión... cuando había
televisión, ya sabéis. Pero nunca tan cerca. Es fascinante...
Los
hombres se fueron dedicando al portero toda clase de improperios. Sus
dos cabezas, le insultaban ferozmente bajo la atónita mirada de los
demás zombis, que guardaban fila pacíficamente mirando el
espectáculo.
Llegó
su turno.
–¿Tienen
reserva señores? –preguntó el portero mirándoles con su único
ojo.
Le
faltaba media cara, que supuraba ríos espesos de pus coagulado por
su cuello y camisa. El agujero donde tendría que haber estado el
otro ojo, era una hendidura infecta repleta de gusanos.
–Sí,
Samuel Hernández. Para tres.
Hizo
el gesto con los dedos. Uno de ellos, el índice, dejaba asomar el
hueso por la punta.
–Perfecto,
gracias, pueden pasar –dijo el negro zombi haciéndoles un gesto
hacia dentro.
Cuando
entraron, se quedaron con la boca abierta durante unos segundos. El
local era grandioso. Decenas de mesas se extendían por los cientos
de metros cuadrados de extensión del restaurante.
Era
de forma rectangular. Tres de las paredes se hallaban recubiertas de
jaulas con humanos dentro. Samuel miraba a toda aquella gente
gritando dentro de sus cárceles. Estaban sucios, algunos muy
delgados y desaliñados. Otros, por el contrario, presentaban muy
buen aspecto, rollizos y con buen color. Supuso que eran los que
acababan de ver entrar en sacos cuando esperaban su turno en la cola.
Un rápido calculo le hizo creer que al menos habría trescientas
personas allí encerradas.
Miraban
horrorizados a los comensales, chillando, llorando, amenazándoles
con todo tipo de insultos e improperios. Se arrojaban sobre los
barrotes con el objeto de abrir las puertas a base de golpes, pero
todo su esfuerzo era en vano. También vio como algunos yacían
quietos en el suelo de las jaulas. Quizás resignados a ser entrante
o postre, o muertos ya de inanición o por asfixia.
La
otra pared del restaurante, la que no estaba cubierta de celdas,
dejaba a la vista la cocina. Una enorme cristalera daba fe de cómo
los esmerados cocineros preparaban los platos. En ese momento, dos
zombis vestidos de blanco con sendos sombreros, despedazaban a un
gordo entre gritos de agonía. Uno de los chefs, le arrancó los
brazos tras un par de golpes con un afilado cuchillo de carnicero. El
otro, un muerto bastante morado e hinchado, despellejaba lentamente
las piernas del infeliz, para posteriormente, depositar las tiras de
piel en un plato que ya tenia una base de lenguas.
El
zombi abotargado cogió el plato con una de sus pútridas manos, y
miró una comanda que colgaba de una viga de madera.
–¡Marchando
la de piel con lenguas! –gritó para hacerse oír por encima del
barullo reinante.
Un
camarero fue hasta él para recoger el plato. Lo llevó veloz hasta
una de las mesas, donde un solitario muerto comenzó a degustar el
plato con sumo placer.
–Me
encanta este sitio –dijo Marcos mirando el ir y venir de camareros
por entre las mesas.
Otro
camarero les abordó.
–Buenas
noches señores. ¿Están atendidos? –dijo amablemente.
–No,
aún no –dijo Susana mostrando los dientes–. Tres. Tenemos
reservada la mesa “especial” –apuntó resaltando la palabra.
–¿La
especial? –el camarero abrió mucho los ojos que ya se asemejaban a
dos pasas por el efecto de la putrefacción–. Eso si que es suerte
amigos. Deben tener contactos importantes.
Samuel
vio como su novia le miraba con adulación, a lo que él respondió
con su mejor sonrisa y guiñándole un ojo.
El
camarero les hizo un gesto para que le siguieran. Fueron esquivando
sillas y mesas hasta la suya. Esta se encontraba en un rincón al
fondo del restaurante. Un impoluto y blanco mantel la cubría hasta
el suelo, tapando unos finos y duros barrotes que salían desde la
superficie de madera hasta el entarimado, formando así una pequeña
celda-mesa. Un agujero se situaba justo en el centro.
–Enseguida
les traigo la carta. ¿Quién beber algo mientras tanto?
–Una
jarra grande de jugo cerebral. Con mucho hielo –pidió Marcos.
El
camarero se fue raudo por entre las mesas esquivando a otro que se
disponía a servir una ensalada de pezones en la mesa de al lado.
Volvió a los pocos segundos con tres cartas que distribuyó entre
ellos.
–Cuando
sepan que quieren háganme una seña. Supongo que si han pedido esta
mesa es porque quieren el plato especial de la casa –dijo el muerto
sacando una libreta llena de sangre de uno de sus bolsillos.
–Por
supuesto –contestó Samuel–. Lo comeremos de segundo. Vamos a
mirar los entrantes.
Los
tres se miraron y abrieron las cartas acompasados. Miraban el
exquisito menú con adoración. Platos que jamás se habían
imaginado se sucedían uno tras otro en una orgía de placer que
nunca habían visto.
–¡Eh!
Mirad este –exclamó Susana entusiasmada–. Revuelto de lóbulos y
campanillas... Creo que lo voy a pedir. No recuerdo la última vez
que comí lóbulos, y desde luego no fue sentada en una mesa con un
mantel reluciente.
Samuel
se rió por el comentario de su novia. Se acercó lentamente y le dio
un beso en los labios. Un hilo de sangre coagulada quedó colgado de
su labio inferior. Ambos rieron ante la mirada de Marcos, que
alternaba su vista entre ellos y la carta.
–Precioso...
–dijo simulando un aburrimiento atroz–. Yo pediré los ojos en
salsa de bilis.
Cerró
la carta con desdén y la dejó en un lateral de la mesa, encima de
la de Susana, que ya había soltado la suya tras decidir su plato.
–¿Y
tú Sam? ¿Ya sabes qué quieres? –dijo ella interrogándole con la
mirada.
Él
pasó atrás y adelante una de las hojas hasta que señaló la
primera línea de una de las páginas.
–Sí.
Creo que me voy a animar con los pulmones en base de párpados.
Se
deshizo de la carta justo cuando el camarero se aproximaba con la
jarra de jugo cerebral. La depositó en la mesa con cuidado y tomó
nota de los platos. Se fue tan rápido como había llegado.
Samuel
llenó los vasos de Susana y Marcos, para posteriormente hacer lo
propio con el suyo. Marcos lo levantó en el aire.
–Esto
si que es comer amigos, se acabó el andar corriendo por las calles
detrás de esos apestosos –dijo señalando una de las jaulas
repletas de gente.
–No
creo que podamos permitirnos esto todos los días –replicó Susana
después de dar un gran trago a su jugo–. El correr por las calles
no ha acabado.
–Es
cierto –apuntó Samuel–. Además... ¿Cuántos crees que quedan?
Llevamos años alimentándonos de ellos, pronto se acabaran...
Un
aire de tristeza ensombreció su pútrida cara.
–No
nos pongamos sentimentales hoy ¿vale? –dijo Marcos–. Quizás
esta cena sea el principio de algo bueno.
Los
tres sonrieron y levantaron sus copas al aire.
–Brindo
por eso amigo.
Samuel
chocó la copa con él y con su novia. Todos bebieron ansiosos hasta
dejar los vasos vacíos.
El
camarero llegó en ese instante con los primeros platos. Dejó los
pulmones delante de Samuel, y el revuelto y los ojos en sus
respectivos sitios en la mesa.
–Salud
–dijo alejándose de nuevo.
Marcos
no tardó en lanzarse a por los ojos. Hundió su cabeza en el plato
sorbiendo la salsa ayudándose de las manos para engullir todos los
globos oculares uno a uno. Un ansia enfermiza se apoderó de él
mientras devoraba la comida.
Susana
y Samuel no se quedaron atrás. Se abalanzaron sobre sus platos como
animales salvajes. Los fluidos, la sangre, y los restos de piel y
carne, resbalaban por sus infectos dientes y labios salpicando la
totalidad de la mesa y a los comensales cercanos. A nadie le
importaba, pues ellos mismos también eran salpicados por el resto de
zombis.
El
contenido de los platos desapareció en unos minutos. Ninguno habló
durante el festín, solo devoraron, trituraron, y tragaron sus
raciones como bestias inmundas. Levantaron la cara y se miraron
fijamente.
–Hacía
tiempo que no comía algo tan sabroso –dijo Samuel tras hurgarse
con el dedo entre dos dientes podridos.
–Sublime
–susurró Susana extasiada por la comida.
Embriagados
como estaban por la excelencia de lo que acaban de comer, se vieron
interrumpidos por unos desgarradores gritos provenientes de la
cocina. Dos zombis agarraban a un hombre fuertemente, mientras otro
le ataba las manos a la espalda y aseguraba sus tobillos con una
brida metálica. Cuando lo tuvieron asegurado, le arrastraron por
entre las mesas mediante una soga al cuello que uno de ellos ató con
dureza.
–Creo
que viene nuestro especial de la casa–dijo Samuel con sorna.
–Oh
si, ya lo creo. Y tiene buen aspecto, no como esos enclenques
enjaulados de las paredes –puntualizó Marcos mirando de nuevo a
los presos.
Los
putrefactos camareros llegaron hasta ellos. El hombre se retorcía en
suelo mientras aullaba a pleno pulmón. Pataleaba y hacia aspavientos
con las manos en todas direcciones. Tres trabajadores más tuvieron
que acercarse hasta la mesa para ayudarles a meterle dentro. Una vez
lo hubieron reducido fue bastante más fácil.
Uno
de ellos, sacó de su bolsillo una llave que usó para abrir una
pequeña puerta en los bajos de la mesa. Introdujeron al hombre, en
posición fetal, y aseguraron con grilletes sus brazos y sus piernas
a los barrotes. Después, uno de ellos, metió la mano por la
abertura central de la mesa hasta agarrar su cabeza. Le izó tirando
fuertemente de la cabellera, hasta que el cuello quedó a ras de la
mesa. Sin darle tiempo a reaccionar, le colocaron una suerte de
collarín de hierro, inmovilizando así la cabeza al agujero, y
manteniendo el cuerpo debajo.
El
hombre había parado de gritar, pero ahora, desde su posición y
viendo las caras de los tres monstruos que tenia alrededor, comenzó
a llorar como un niño al que le hubieran quitado la teta de la boca.
–Espero
que sea de su gusto –dijo sofocado el camarero.
Susana
miraba la cabeza del hombre con apetito asesino. Esta, completamente
rapada, dejaba entrever varias venas de color azulado por toda su
superficie.
–Lo
es, muchas gracias –contestó reprimiendo las ansias por clavarle
los dientes en el cráneo.
–¿Desean
herramientas para partirlo? ¿Martillos? ¿Sierras?
Marcos
y Samuel se miraron con gesto divertido mientras se colocaban la
servilleta en el cuello de la camisa.
–No
gracias, creo que usaremos los dientes directamente –resopló el
segundo impaciente por empezar.
–Buen
provecho –dijo el camarero retirándose.
El
hombre les miró aterrado. El collarín del cuello le dejaba muy poco
margen de maniobra, pero contorsionándose al máximo, era capaz de
ver a los tres comensales.
–No
lo hagan por favor –suplicó–. No me coman, yo no he hecho
nada... ¡no he hecho nada! No merezco esto... no lo merezco.
Comenzó
a llorar de nuevo haciendo que un rió de lágrimas resbalara por su
rostro.
–¿Cómo
que no lo mereces? –saltó Samuel escupiéndole en mitad de la
cara.
El
escupitajo, un mejunje de saliva, pus, y sangre, impactó en la
frente del infeliz.
–¿A
cuantos de nosotros mataste cuando empezó esto? ¡A cuantos! No
tenemos la culpa de que se hayan vuelto las tornas.
El
hombre dejó de llorar unos instantes y miró a los ojos de Samuel.
Quiso ver algo de humanidad en aquella amorfa y sanguinolenta
aberración, pero no encontró nada de eso. Sus ojos no tenían vida,
eran inertes, como dos piedras blancas demasiado gastadas por la
erosión.
–Yo...
yo... –balbuceó–. No sé a cuantos maté... Era distinto por
dios, era una epidemia, estábamos asustados. Los contagios se
contaban por miles, atacaban a la población. ¿Qué íbamos a hacer?
–No
sé para que hablas con él –interrumpió Susana–. Sabes lo que
son y lo que han hecho con nosotros. Nos aniquilaron por millones al
principio, sin contemplaciones. Incluso a los niños. Son ratas.
El
preso giró la cabeza todo lo que pudo para mirarla de reojo.
–No
teníamos otra opción, esto... sois.... ¡es antinatural! Es una...
Pero
no le dio tiempo a decir más. Marcos se abalanzó sobre su lisa y
blanca cabeza, y le hincó los dientes en el cráneo. La dentellada
fue sublime. Arrancó carne y hueso hasta dejar a la vista el cerebro
del reo.
Susana
se le unió de inmediato. Sus mordiscos sonaban similares a un
constante machacar de nueces. A cada bocado, un agujero aparecía en
la cabeza del ya muerto humano. Samuel, que por un momento pareció
recapacitar por lo que el hombre estaba diciendo, no pudo contenerse
ante la visión de los sesos al descubierto. Estiró la mano, y
agarró un pedazo de materia gris que se llevó a la boca después de
restregarse la totalidad de la cara con la pegajosa masa.
Entre
los tres acabaron con la cabeza en unos minutos. No quedó nada, solo
pequeños fragmentos de hueso, los dientes y las mandíbulas. Cuando
hubieron separado por completo la cabeza del cuerpo comenzaron a
hurgar en el inmenso agujero del cuello. Extrajeron la traquea,
músculos y tendones, hasta que el sólido collarín de hierro no les
dejó seguir escarbando.
Marcos
soltó un atronador eructo, al tiempo que se daba pequeños golpes
con el puño en el pecho.
–Esto
ha sido colosal –dijo abrumado–. Un cerebro excelente.
–Y
tanto –comentó Susana, que aún tenia restos de sesos por la cara,
el pelo y las manos.
–Definitivamente...
creo que tendremos que repetir –soltó en una fuerte risotada
Samuel.
Sus
amigos se le unieron, y los tres compartieron una espléndida
sobremesa, hablando de tiempos peores cuando aún estaban vivos, y lo
tremendamente felices que eran ahora estando muertos.
Disfrutaron
de exquisitos postres: soufflé de hígado para Susana, sorbete de
jugos gástricos para Samuel, y una exquisita tarta para Marcos, que
repitió pidiendo sesos con virutas de uñas.
Pagaron
la cuenta, y se marcharon del Blood Meet, no sin antes firmar en el
libro de visitas que había en la entrada.
De
camino a casa aún tomaron algo más, pero de mala manera y a la
carrera, como tenían por costumbre, nada equiparable a los manjares
que acababan de degustar en aquel palacio de la comida.
Se
despidieron y quedaron para otro día, esta vez para ir a un buffet
que acaba de abrir cerca de donde vivía Marcos, pero eso sería otro
día.
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